El recuerdo es una punzada tenaz, amarga, dolorosa. Ana Torres, docente jubilosa, artista plástica, dice que no, que para eso no hay cura. Que esa imagen pastosa de calor, humedad y baja presion que voló a la localidad santafesina de San Justo a fines del año 10 de 1973 Ocurrió en ella para siempre. Que el terror provoco por el paso del tornado más devastador ocurrido en el hemisferio sur se le borrará, acaso, cuando «ya no pertenezca a este mundo».
Quizás, por eso, el silencio persiste. Liliana Sacco, sobreviviente como Ana de uno de los mayores desastres naturales naturales de la historia argentina, explica que permanente 40 años sin poder hablar de lo ocurrido. No. Ni una palabra. Ni siquiera con su hermana, que la salvó tras el derrumbe de su casa. Cada uno exorciza los demonios como puede.
El caos provocado por el tornado aquel dia fue tal que, 50 años despues, no hay un dato concluyente sobre el número de muertes que necesariamente. vestidos oficialmente 65 víctimaspero distintas investigaciones que incluyen los fallecimientos ocurridos días más tarde y fuera de la localidad se extienden el número hasta llegar al menos a 80.
600 personas se levantan en familias. 500 casas fueron destruidas y unas 2.000 personas afectadas. Todo en un lapso breve, aunque también impreciso, que pudo extenderse entre atrás y siete minutos.
Ana, que tenía 21 años cuando sucedió aquella tragedia, vivía sobre el boulevard Roque Sáenz Peña, el corredor mas castigado por la tromba terrestre. Compartía la vivienda con sus padres –ese día celebraban 40 años de casados–, su hermano, su cuñada y su pequeña sobrina de apenas un mes de vida. Aquella tarde, además, estaba de visita a su novio.
“Teníamos una puerta al norte. Abro un poquitito y veo en el cielo como papeles. Eran las chapas de las casas que volaban. Mi papá des ‘Cerrá ahora esa puerta y andá a cerrar la de enfrente’. Eso fueron segundos, segundos, segundos –el repiqueteo insistente y nervioso de esa palabra intenta dejar en claro que no hubo tiempo material para improvisar una defensa, algún tipo de resguardo–. Cuando abro los ojos, porque ni me di cuenta de que me habia caido, la puerta que estaba al lado mio y mi novio que la estaba sosteniendo, ya no estaban. Había como un humo y un olor a zufre tremendo. Me doy vuelta y no había nadie, sólo los cimientos de la casa. tu dices ‘Ay, Dios mío, todos murieron’”.
Su padre, jubilado de policía, 73 años al momento de la tragedia, murio aplastado por la pared donde estaba la misma puerta que Ana intentó sostener junto a su novio. Su madre, su cuñada y María Laura, the recién nacida baby, salvaron. Su novio y su hermano sufrieron heridas tumbaspero se recuperó.
Tras el paso del tornado empezó a llover. “La lluvia me despertó. El agua, los refucilos. No había nada. Los zócalos de la casa”. Ana dice que el sector de la ciudad afectado era una zona de desastre. «Como en una pelicula de guerra»comparar
Un retraso del terror
El periodista local Cristian Chapelet detalló una Clarín que el tornado “se desató desde el sector noroeste, cruzó la ruta 11 y se metió en la ciudad, donde abarcó todo el corredor del bulevar Roque Sáenz Peña a lo largo –unos 1.500 metros– y, de ancho, una cuadra y media hacia el oeste y otra cuadra y media hacia el este. Todo quedó destruido”.
El espanto que se inició a las 13.55 puede resumirse con algunas imágenes dantescas que dejó el paso de un viene desbocado, feroz: personas, tractores y vacaciones volando por el aire, arrojadas a varias cuadras de distancia de donde se encontraron. Arboles arrancados de raíz. Algunas imágenes de sus emblemáticas. La de un Renault Gordini que recorrió por el aire unos 300 metros y acabado incrustado en la imprimación del hotel California es una de ellas.
Una de las historias más impactantes de un joven, Alejandro Cañete, a quien los diarios de la epoca llamaron «el bebé tornado». Fue arrancado por elviento de su cuna y terminó, ileso, en la terraza de otra vivienda.
Su madre, que lo había dejado al cuidado de una amiga, lo creyó muerto –hubo una confusión con otro pequeño que tendría ese día– que duró más décadas. Supongamos finalmente que el final de la historia era otro gracias al programa «Gente que busca gente», que el permiso reencontrarse con su hijo.
Como en el caso de Ana, Liliana perdió ha sido capaz de padre al desmoronarse la casa. Ella tenía 17 años y vivía en una casa ubicada en Independencia y Roque Sáenz Peña, el sector donde se registraron más muertes. En el momento de la tragedia estaba junto a sus padres y una de sus cuatro hermanas.
“Mamá tenía la costumbre de respetar la hora de la siesta. A mi nunca me gustó. Me puse a leer porque me encantaba. No se si llegó a dormir. Mi mamá llegó corriendo y gritando: “Levántense, sálvense como pueden porque viene una tormenta muy fuerte”. Empezó un caos total. Estábamos como autómatas, como zombis. Literalmente se vino todo abajo. Las casas explotaban. Es muy dificil contarlo”, recuerda Liliana, quien fuera docente y que desde su cargo de subsecretaria de Cultura tuvo un rol activo para la construcción del monumento que recuerda a las víctimas del fenómeno devastador.
Cuenta que «estar en el ojo del tornado te enloquece» y que el ruido es «ensordecedor, como el de cientos de aviones pasando al mismo tiempo”. Sepultada debajo de los escombros, una viga cayó sobre su cara, pero no llegó a aplastarla. Otra, le oprimía el estómago, la asfixiaba. Todo lo que cuenta parece extraído de una película de terror. Pero no, es real. Y atroz. Hasta lo indescriptible.
“Había un agujerito por donde entraba un hilito de luz. Yo tenía las manos apretadas, no me podía mover. Cuando escucho las voces de los voluntarios abría la boca, pero no emitía sonido. Sin voz de tenia. A mi hermana la rescataron primero y ellas los hacen volver. ‘Habló conmigo, está por acá’. Tuve suerte de que me descubrieran”, Cuenta Liliana.
Su padre fallecio. Su mamá y su hermana sufrieron heridas, pero salvaron su vida. Terminó «acurrucada, en una sala de espera, hecha un bollito». Los heridos tombs eran prioridad y ella quedó ahí, envuelta por el desaparo.
“Por meses no estuvimos en casa, ninguna entrada de dinero. No usar ropa. Cuando sepultás a un ser querido volvés a tu casa, a una foto, a una ropa. Un algoritmo. Y nosotros no podemos dónde volver. Ni una foto. Son tremendos. Estuvimos literalmente en la calle, dependiendo de la solidaridad ajena”, lamentó. Sus retazos de un pasado que, por la hondura del dolor, parece parte de un tiempo presente.
At Liliana the prestaron un vestido de colores para participar en la sepultura de su padre. Ana, al menos, consiguió que le facilitaran uno negro que se correspondía con las costumbres del pasado que buscaban Respetar el luto y expresar el dolor ante algun fallecimiento.
El tornado más potente fuera de EE.UU.
La tromba terrestre ocurrió en Santa Fe fue ubicada en la categoría F5 -el máximo en la escala Fujita-Pearson-, que vengas aquí que superan los 324 kilómetros por hora. Algunos estudios indican que en San Justo pudo haber alcanzado los 600 kilómetros por hora.
El propio Tetsuya Fujita, creador de la escala para medir esa clase de fenómenos, está interesado en lo sucedido y después de estudiar los daños lo definió como el tornado más potente registrado fuera de Estados Unidos.
Desde acuerdo hasta estudios realizados para el doctorado en meteorología María Altinger, en Argentina, desde 1930 se han registrado 653 tornados. Ninguno, ni de cerca, de la magnitud del suceso hace 50 años en Santa Fe.
El desastre generó interés en medios internacionales como el New York Times. El dia despues, Clarín noble: “Furioso tornado en Santa Fe. 46 muertos”. El 12 de enero detalla «500 casas arrasadas». El Nuevo Diario habló de «tragedia» y en medio de la confusión inicial indicaba: «Muchos muertos debido al tornado».
Con la energía eléctrica y las comunicaciones telefónicas cortadas, la tarea del radioaficionado José Barreta, al que apodaban «Cambá», fue clave para alertar sobre lo sucedido. Eso permitió la llegada de personal de Defensa Civil y del Ejército, y el traslado de heridos, en especial a los hospitales de la capital santafesina, ubicados a cien kilómetros de distancia.
«Pasaron 40 años para que pudiéramos hablar», explicó ahora Liliana con una serenidad que parece contrastar con el desgarro que sufrió. Ana tan pronto como hijo ya “50 años protegiendo las tormentas”. Cuando se desata una ella anda «como perro dando vueltas, con velas», con sus «santos». Hasta pone los sillones contra las puertas, aunque reconoce que toda estrategia sería inútil para enfrentarse a una bestia semejante a la que arrasó con parte de San Justo aquel 10 de enero del 73.
“¿Por qué lo hago? Si hay surco, puerta. es el miedo. Tiemblo como una hoja y rezo hasta que se me pasa“, explícito.
Liliana pensó sobria lo sucedido. Hay, además, palabras, una oda a la resiliencia. «Este tipo de sucesos terminan demostrándote lo efímero de todo. Lo superficial, lo banal. Finalmente, la vida pasa por el canto de un pájaro, por un día de sol. Hay que disfrutar de la familia, de un amigo. Añadir a la misma. A la solidaridad de la gente ya lo que la vida nos aporta cada día”, resumen.
Con su historia como ejemplo, Ana rescata la fortaleza que han tenido los sobrevivientes para reponerse de aquel infierno. Ella se derrumbó, formó una familia. Desarrolló una carrera, tuvo hijos y nietos. “Estoy agradecida de haber renacido, como el Ave Fénix”, comparó.
Volver de la peor tragedia, de un dolor hondo e intolerable, es parte del legado que Ana, Liliana y tantos otros en San Justo dejan a las nuevas generaciones.
Reconstruir, con veces, es todo lo que queda.
Rosario. Correspondiente
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