Desde 2020, la política económica en Europa se ha caracterizado por una creciente intervención estatal en la economía. Este cambio de política estuvo motivado por una serie de sobresaltos: la pandemia, la guerra en Ucrania y las tensiones internacionales vinculadas a la desvinculación geopolítica entre Estados Unidos y China. Como resultado, Europa ha reexaminado el viejo debate sobre el grado de intervención del gobierno en el funcionamiento de las economías para prevenir o gestionar interrupciones en el suministro de artículos críticos como vacunas en una pandemia, gas natural en una gran crisis energética, microchips en el ante la transformación digital o materias primas críticas ante la transición energética.
El debate sobre política industrial se centra en la noción de autonomía estratégica. La idea es que si los gobiernos permiten que las empresas tomen decisiones de inversión, comercio y cadena de suministro basadas únicamente en sus propios intereses económicos, los países desarrollen modelos comerciales que podrían hacerlos demasiado dependientes de socios poco confiables o adversarios potenciales. No sin consecuencias geopolíticas, económicas y sociales negativas.
Pero la noción de autonomía estratégica sigue siendo cuestionada, en particular porque su objetivo final sigue sin estar claro. ¿Bajo qué circunstancias podría Europa considerarse estratégicamente autónoma? Mientras asumen cada vez más la necesidad de actuar para fortalecer la autonomía estratégica del continente en una serie de áreas, los líderes europeos hasta ahora no han eludido este tema fundamental.
Detrás de esta pregunta se encuentra una compensación entre la eficiencia económica y la resiliencia geopolítica. Tomemos el ejemplo de las tecnologías limpias. China ha desarrollado una fuerte ventaja comparativa en la fabricación de estas tecnologías. El argumento de la eficiencia económica exige que las empresas europeas sigan importando estas tecnologías desde China. Pero dado que China controla al menos la mitad de su producción, el argumento de la resiliencia geopolítica invita a los gobiernos europeos a fomentar la diversificación fuera de China. Esto podría evitar en el futuro una posible militarización geopolítica de estas exportaciones, al nivel de lo que ha vivido Europa recientemente con el gas ruso.
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