DA principios de noviembre de 2022, Emmanuel Macron recibió en el Palacio del Elíseo a grandes grupos como Lafarge, ArcelorMittal o TotalEnergies y les anunció su facultad de liberar 10.000 millones de euros en ayudas públicas adicionales para descarbonizar los cincuenta emplazamientos industriales que más emiten CO2 del Hexágono. Al mismo tiempo, además de la reforma del seguro de desempleo destinada a conseguir 4.000 millones de euros de ahorro adicional, aseguró que una nueva ratio de la edad de jubilación era fundamental para reducir el gasto público y «invertir masivamente» en la transición ecológica. Como si el reflejo del “cueste lo que cueste” durante la pandemia del Covid-19 pudiera durar ad vitam aeternam para las grandes empresas, pero que ahora tenía que ser financiado a cambio de los ahorros que se harían en las políticas sociales.
En otoño se ha simplificado el discurso del Ejecutivo que desde entonces pretendía justificar la reforma de las pensiones. Ya no pretende utilizar los ahorros esperados para financiar otras políticas públicas: «Cada euro de la reforma de las pensiones será universal a las pensiones», afirma el ministro delegado encargado de las cuentas públicas, Gabriel Attal, para tratar de cerrar el debate. Para justificar la relación de la edad legal a 64 años y la aceleración de la extensión del período de cotización a cuarenta y tres anualidades, Elysée y Matignon pretenden ahora querer “salvar el sistema de pago por uso”que se vería amenazada por un insostenible déficit anual de 12.000 millones de euros producido por el aumento del número de jubilados y el alargamiento del tiempo de jubilación.
El presidente del Consejo de Orientación de Pensiones, escuchado el jueves 19 de enero en la Asamblea Nacional, arrasó con esta justificación. Pierre-Louis Bras señaló que “El gasto en pensiones no se nos va de las manos[ai]ent no »que eran incluso “generalmente estabilizado y bajo control” pero que no eran «no compatible con la política económica del gobierno y los objetivos de finanzas públicas». En otras palabras: es porque el gobierno quiere contener el aumento del gasto público al 0,6% anual para 2027 que está utilizando nuestro sistema de pensiones, que representa una cuarta parte de estos gastos.
Una austeridad que no dice su nombre
No es ningún secreto, además: la ley de finanzas de 2023 indica en blanco y negro que la reforma de las pensiones así como la del seguro de desempleo debe «contribuir al control del gasto público». Este es también el sentido de los compromisos adquiridos por el ejecutivo ante Bruselas durante la puesta en marcha del plan de recuperación 2020 y durante la presentación del programa de estabilidad 2022-2027. En otras palabras, en lugar de “salvar el sistema de pensiones de reparto” y al brindar financiamiento de largo plazo, el ejecutivo busca sobre todo generar ahorros a costa de la solidaridad nacional y de los futuros pensionados. Es una medida de austeridad que no dice su nombre.
Te queda el 58,44% de este artículo por leer. Lo siguiente es solo para suscriptores.
